He dormido 50 de las últimas 48 horas. ¿Se podría decir que he vivido los últimos dos días? Si los sueños son parte de la vida, ¿serán las pesadillas parte de la muerte? Me hace falta aire mientras los párpados me cierran la luz. Creo que ésta no es manera de iniciar la nueva vida.
Me arrepiento. Siempre he sido contradictorio. Quizás esa sea mi sentencia de muerte. Imagino. Dejo de luchar por la apertura de los ojos y veo a un panel de jueces sentados tras una larga y pesada mesa de piedra. Los hombres que me ven con ojos inquisidores tienen barbas largas y en su rostro se configuran las grietas de los recuerdos. Usan túnicas por vestimenta, algunas de un sucio blanco, otras de un limpio gris. El de mayor edad, el que está en el centro del cuadro que es mi visión, con parsimonia y completa seriedad levanta su mano derecha y dirige el dedo índice hacia mí. “Culpable”, dice en latín profundo doblado al español. No me había dado cuenta de los curiosos que observaban dentro de aquella cámara de frío hasta que murmuraron la vergüenza. Vuelvo la ceguera a ellos. Dudo si estoy en la Europa medieval o en la renacentista. Un temblor me obliga a regresar la atención a los verdugos de la palabra. Espero la sentencia.
No, en definitiva ésta no es forma de recuperar el orgullo a ser. Si tan sólo pudiera de una vez y para siempre atreverme a abrir los ojos. Recuperar un miligramo de fuerza para después tener la osadía de poner un pie en tierra; y luego el otro; y luego recuperar la vertical y respirar de una manera diferente. Sé que no hay energía suficiente para una sonrisa. El aire pasando por mis dientes me quemaría la lengua para siempre. Todavía no estoy listo para ello. No estoy listo para nada. Si tan sólo…
Alguien pide silencio en la oscuridad de mi ojos cerrados. Sería aquel hombre sin cabello que está a la izquierda de la mesa de piedra y que me parece ocupa las funciones pueriles de castigar al sonido y nada más. Su lucha, aunque la gente deja a un lado las murmuraciones, nunca tendrá final. Me da pena el ser menudo. Pierdo interés en él y vuelvo hacia mi corrector. Él y los ocho que le acompañan me miran sin parpadear. El poder del destino, de mi destino, está en sus manos. La exquisitez del control brilla en sus ojos. Casi podría jurar que dentro de él, la carcajada es inminente. Mientras mi muerte ronda la cámara, su vida nunca había sido más disfrutable. No tengo fuerza para sentir envidia.
Si tan sólo pudiera bostezar. Sentir humedad en mis ojos, necesidad de parpadear. Mis mejillas gritan por ausencia de sensibilidad. Una lágrima, por mínima que sea, se convertiría en un alivio. La consciencia de vida en mi rostro me haría recordar algún propósito. El aire atrapado tras la bocanada recorrería mis pulmones, oxigenaría mi cerebro, estabilizaría mi ritmo cardiaco, pondría a funcionar la máquina que inevitablemente soy. Pero nada… pero nadie.
Ya no hay dedo que me señale, pero sé que soy el centro de todas las miradas. La sentencia está por llegar y la atmósfera se llena de emoción, de expectación, de excitación. Si tan sólo tuviera fuerza para el pánico, pero apenas un remedo de miedo me desbarata. El anciano toma aire y se prepara para hacer público el final; mi final; el inicio de los demás. Me atrevo a un último pensamiento: ésta no es forma de comenzar una nueva vida.
Intento aguzar la audición de sonidos que me devuelvan a la realidad, si es que ésta existe. Nada sucede a mi alrededor. La cotidianeidad se ha detenido y en su ausencia no ha dejado nada. Dudo que el aire se mueva; sólo se condensa para evitar entrar a mis pulmones. La vida se ha conjurado en mi contra. Yo me he conjurado a la vida. No existe diferencia. Dejo de intentar. Me concentro en la sentencia.
Su voz era aún más grave que en la primera declaración en mi contra. Cual si quisiera dejar en claro que la culpabilidad no es tan importante como el castigo. La culpabilidad se perdona, el castigo se enfrenta, se sufre, aniquila. Lo importante es el castigo, siempre lo será y el juez mayor pretendía que aquello quedara perfectamente claro. Carraspeó en dos ocasiones sin quitar la mirada a mis ojos cerrados. Estaba listo. “Los dioses han hablado y a través de mí han decidido. Tu pena será recordada por siempre, no por los mortales, que el olvido es parte de su esencia, sino por el viento que nunca habrá de cesar. Tu castigo será una vida eterna en tu propio cuerpo. Los dioses te declaran cadena perpetua dentro de tu propio ser. No podrás cambiar, no podrás mejorar. La evolución te será desconocida. A nadie podrás engañar que eres mejor de lo que eres. El mundo te verá el alma, tu pútrida alma. Nunca sabrás de alter egos. Estás condenado a ser verdadero, a ser humano y, por tanto, a la soledad de estar contigo mismo. Los dioses han hablado, yo he escuchado y tú estás perdido”.
Asustado, me atrevo a respirar. Abro los ojos, pero no veo nada. Mi mente está enfocada en respirar, grandes bocanadas de aire entran por mi boca quemando la resequedad. Comienzo a recuperar el aliento. Una gota de sudor recorre un pedazo de mi frente marchita. He dormido 51 de las últimas 49 horas. Un cosquilleo recorre la palma de mi mano derecha. La siento. Cierro el puño. Me lastima. El dolor recorre mi cuerpo. Alzo la cabeza y veo mi cuarto vacío. No, no está vacío. Los recuerdos me golpean una y otra vez como si estuvieran esperando mi consciencia para atacarme. Una imagen exige mi atención. Regreso la cabeza a la almohada. Sé que es un espejo y me niego a esclavizarme a sus deseos. Al menos por ahora. Necesito escapar, salir de este cuarto inundado, de esta ciudad. A ver si así me quito las cadenas que me han mantenido en mi. Cierro los ojos por última vez.
domingo, 14 de diciembre de 2008
Descubrimiento

La vida es una ilusión, por eso hay que reinventarla todos los días. Es una ironía que en latín, Deprehensionis, signifique descubrimiento. Si la ignorancia es la base de la felicidad, entonces seré infeliz y trataré de descubrir al que soy. No prometo nada. De hecho, advierto que en mi depresión y en el proceso, que es un viaje sin destino, para llegar a deprehensionis, me voy a contradecir, a negar, a odiar, a arrancarme los ojos con la esperanza de por fin curar la ceguera. Es un proyecto que quizás no tenga final. Peroya está dicho que lo importante no es llegar a Ítaca, sino el camino. Y punto.
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